
Hay una expresión inglesa que dice: “Not my circus, not my monkeys”.
Literalmente sería algo parecido a “no es mi circo, no son mis monos”. Se utiliza para expresar algo muy concreto: esto no es asunto mío, no me corresponde hacerme cargo de ello.
La frase puede resultar divertida, incluso provocadora. Pero detrás de ella hay una cuestión emocional mucho más profunda: ¿sabemos distinguir aquello de lo que somos responsables de aquello que simplemente estamos presenciando?
Porque no siempre es así.
Durante años viví con una especie de radar permanentemente encendido hacia las necesidades de quienes tenía a mi alrededor.
Si alguien estaba triste, me preocupaba.
Si alguien se enfadada, intentaba repararlo.
Si alguien tenía un problema, buscaba inmediatamente una solución.
Si alguien me necesitaba, estaba siempre disponible.
Y si alguien no está bien, me sentía que yo tampoco podía estar tranquilo.
Y así descubría que la empatía, que en principio es una capacidad maravillosa, puede convertirse entonces en una forma de sobrecarga cuando dejamos de distinguir entre acompañar al otro y hacernos responsables de lo que le ocurre.
Sentir contigo no significa sentir por ti
Esta distinción me parece fundamental en el trabajo emocional.
Puedo comprender tu tristeza sin tener que eliminarla.
Puedo sentir tu miedo sin asumir que tengo que protegerte de todo aquello que lo provoca.
Puedo escuchar tu enfado sin aceptar que soy responsable de regularlo.
Puedo acompañarte en una decisión sin tomarla por ti.
Puedo quererte profundamente y, aun así, aceptar que hay partes de tu proceso que solamente puedes recorrer tú.
Esto no es falta de empatía.
Es una forma más madura de relacionarnos.
Porque cuando confundimos acompañamiento con responsabilidad, nuestras relaciones pueden empezar a organizarse alrededor de una pregunta agotadora:
¿Qué tengo que hacer para que la otra persona esté bien?
Y quizá la pregunta más saludable sea:
“¿Cómo puedo estar presente sin dejar de respetar que la otra persona tiene su propio proceso?”
Cuando la preocupación se convierte en control
A veces creemos que estamos cuidando cuando, en realidad, estamos intentando controlar.
Controlamos para que alguien no sufra.
Controlamos para evitar conflictos.
Controlamos para que las cosas salgan bien.
Controlamos las respuestas de otras personas porque no soportamos la incertidumbre que aparece cuando no podemos saber qué ocurrirá.
Pero hay una paradoja:
cuanto más intentamos controlar lo que sienten o hacen los demás, menos espacio dejamos para que cada persona se responsabilice de su propia experiencia.
Y también nos vamos quedando sin espacio para vivir la nuestra.
En la mirada Gestalt, la responsabilidad personal ocupa un lugar importante.
No significa que cada persona sea responsable de todo lo que le sucede.
Significa reconocer qué parte de la experiencia propia sí nos pertenece y qué parte pertenece al entorno o a otras personas.
Esta diferencia puede parecer pequeña, pero cambia mucho nuestra manera de relacionarnos.
¿Dónde termina mi responsabilidad?
Una pregunta que puede resultar muy útil es: ¿Qué parte de esto me corresponde realmente?
Ante la habitual pregunta: ¿Cómo consigo que deje de estar triste?
Puede ser útil: ¿Qué puedo hacer yo ante su tristeza?
Ante la pregunta que solemos hacernos: ¿Cómo consigo que no se enfade?
Puede ser útil: ¿Cómo quiero responder yo ante su enfado?
Ante la pregunta: ¿Cómo puedo evitar que se equivoque?
Puede ser útil preguntarse: ¿Puedo acompañarle aunque tome una decisión diferente de la que yo tomaría?
La diferencia está en que dejamos de intentar controlar la experiencia de la otra persona y volvemos a nuestra propia experiencia.
Qué hacemos desde el Método Handudy
En el Método Handudy entendemos la gestión emocional como un proceso que comienza por reconocer qué está ocurriendo, comprenderlo y decidir cómo responder.
Y esto también tiene una dimensión interpersonal.
No solo necesitamos aprender a reconocer nuestras emociones.
Necesitamos aprender a distinguir qué emociones son nuestras, qué emociones estamos recogiendo de otras personas y qué responsabilidades estamos asumiendo que realmente no nos corresponden.
Esto requiere conciencia.
Porque a veces la culpa aparece simplemente porque hemos dejado de hacer algo que durante mucho tiempo utilizamos para sentirnos necesarios. Y otras veces aparece miedo:
Si no soluciono esto, ¿qué pensará de mí?
Si digo que no, ¿me dejará de querer?
Si no estoy disponible, ¿estaré siendo una mala persona?
Aquí aparece un aprendizaje importante: poner un límite no significa dejar de querer.
A veces significa empezar a querer desde un lugar menos exigente.
Acompañar no es rescatar
Esta diferencia puede ser especialmente importante en las relaciones familiares, de pareja, de amistad y también en aquellas profesiones en las que acompañamos a otras personas.
Acompañar significa:
Estar.
Escuchar.
Ofrecer apoyo.
Preguntar.
Compartir recursos.
Poner límites cuando sea necesario.
Pero rescatar implica asumir que la otra persona no puede atravesar su propia experiencia y que nosotros debemos hacerlo por ella.
Y cuando vivimos permanentemente en el papel de quien rescata, tarde o temprano aparece el agotamiento.
Porque nadie puede hacerse cargo de todos los procesos que ocurren a su alrededor.

Una pequeña práctica
Hoy puedes observar una situación que te esté preocupando. Piensa en alguien de tu entorno. Y pregúntate:
¿Qué está ocurriendo?
¿Qué estoy sintiendo yo ante esto?
¿Qué parte me corresponde?
¿Qué parte pertenece a la otra persona?
¿Estoy acompañando o intentando solucionar?
¿Qué podría hacer sin abandonarme a mí mismo?
No necesitas responder inmediatamente.
A veces la primera forma de poner un límite es simplemente darte cuenta de que llevabas demasiado tiempo cargando algo que no era tuyo.
Quizá la frase “no es mi circo, no son mis monos” resulte demasiado brusca para algunas situaciones. Yo prefiero otra: Puedo estar contigo sin hacerme cargo de aquello que te corresponde a ti.
Porque no se trata de desentendernos de los demás.
Se trata de aprender a estar presentes sin desaparecer nosotros mismos.
Y quizá esa sea una de las formas más profundas de cuidar: acompañar sin invadir, ayudar sin rescatar y querer sin cargar con toda la vida de la otra persona.
Recuerda, reconectar con tus emociones y entender qué intentan proteger puede ser un camino desafiante pero gratificante. A medida que te adentres en este proceso, descubrirás una mayor autenticidad en ti misma y en tus relaciones.
¡No dudes en dar el primer paso y empieza a vivir una vida más plena y consciente hoy mismo!
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